Los paraqués y los porqués de los relojes.
Las campanas, con su sonido, provocan cambios. Estremecen a las moléculas que se reacomodan.
Las campanas despiertan, hacen despertar.
Los relojes de las catedrales, de las grandes iglesias antiguas, fueron despertando poco a poco luego de años y siglos de campanadas. Al cuarto, a la media, a la hora. La primera, la segunda, la tercera. El repiqueteo y el repicar.
Los relojes fueron cobrando conciencia. Despertaron todos un día.
Su primer gran entendimiento fue que las campanadas y por tanto el tiempo, eran determinados por ellos. Habían girado y girado durante siglos –orbitado es una mejor traducción de su lengua– antes de darse cuenta. (Estaban acostumbrados desde siempre a escuchar a las campanadas coincidir con sus cardinales).
Pero un día lo entendieron todo, se percataron.
Siguieron, sin embargo, orbitando sin descanso y sin chistar hasta el día en que llegó la primera gran decisión.
Ese día se preguntaron a ellos mismos los paraqués y los porqués.
Comenzó entonces la era de las bajas revoluciones. La decisión fué orbitar lento. Las horas –y las campanadas– se prolongaron. El tiempo corrió –caminó, mejor dicho– lento, lento, lento. Todo fue más pausado. Las aves flotaban mucho antes de posarse en las ramas. Las nubes oscurecían el cielo, largas, antes de permitir al sol volver a ocupar su dilatado espacio radiante. Las estrellas poblaban el cielo casi indefinidamente durante noches oscuramente estiradas. Pero el mundo, vieron los relojes, era en sí el mismo y ellos eran los únicos concientes de las bajas revoluciones.
Cambiaron su estrategia. Decidieron de plano parar, detenerse. Estuvieron observándolo todo, quietos, y todo estaba quieto, inmóvil. Nada ocurría.
Nadie sabe cuánto duró la quietud. Nisiquiera ellos. Pero fue en ese tiempo cuando los relojes inventaron la palabra eternidad.
Cuando terminó la quietud comenzó la prisa, la era de las altas revoluciones. Los relojes comenzaron a orbitar rápido y más rápido hasta alcanzar velocidades desorbitadas. (Quizás lo habrían podido hablar y, tal vez, hubiesen desacelerado si les hubiera dado tiempo).
Los días y las noches se sucedieron con tanta velocidad que un gran gris se apoderó de todo. De proto las catedrales se quedaron desiertas. Rápido se convirtieron en ruinas. Las grandes torres se desplomaron y las campanas terminaron haciéndose añicos al chocar contra el suelo, despedazando a los relojes y haciéndose trizas con las manecillas.
Luego de esto, el sol, desesperado, decidió mudarse de residencia. Abandonó para siempre la Vía Láctea.
Rodrigo Ibarra. 20 nov 2004.
Regresa a mi página web.
www.geocities.com/rodrigoerandi
Las campanas despiertan, hacen despertar.
Los relojes de las catedrales, de las grandes iglesias antiguas, fueron despertando poco a poco luego de años y siglos de campanadas. Al cuarto, a la media, a la hora. La primera, la segunda, la tercera. El repiqueteo y el repicar.
Los relojes fueron cobrando conciencia. Despertaron todos un día.
Su primer gran entendimiento fue que las campanadas y por tanto el tiempo, eran determinados por ellos. Habían girado y girado durante siglos –orbitado es una mejor traducción de su lengua– antes de darse cuenta. (Estaban acostumbrados desde siempre a escuchar a las campanadas coincidir con sus cardinales).
Pero un día lo entendieron todo, se percataron.
Siguieron, sin embargo, orbitando sin descanso y sin chistar hasta el día en que llegó la primera gran decisión.
Ese día se preguntaron a ellos mismos los paraqués y los porqués.
Comenzó entonces la era de las bajas revoluciones. La decisión fué orbitar lento. Las horas –y las campanadas– se prolongaron. El tiempo corrió –caminó, mejor dicho– lento, lento, lento. Todo fue más pausado. Las aves flotaban mucho antes de posarse en las ramas. Las nubes oscurecían el cielo, largas, antes de permitir al sol volver a ocupar su dilatado espacio radiante. Las estrellas poblaban el cielo casi indefinidamente durante noches oscuramente estiradas. Pero el mundo, vieron los relojes, era en sí el mismo y ellos eran los únicos concientes de las bajas revoluciones.
Cambiaron su estrategia. Decidieron de plano parar, detenerse. Estuvieron observándolo todo, quietos, y todo estaba quieto, inmóvil. Nada ocurría.
Nadie sabe cuánto duró la quietud. Nisiquiera ellos. Pero fue en ese tiempo cuando los relojes inventaron la palabra eternidad.
Cuando terminó la quietud comenzó la prisa, la era de las altas revoluciones. Los relojes comenzaron a orbitar rápido y más rápido hasta alcanzar velocidades desorbitadas. (Quizás lo habrían podido hablar y, tal vez, hubiesen desacelerado si les hubiera dado tiempo).
Los días y las noches se sucedieron con tanta velocidad que un gran gris se apoderó de todo. De proto las catedrales se quedaron desiertas. Rápido se convirtieron en ruinas. Las grandes torres se desplomaron y las campanas terminaron haciéndose añicos al chocar contra el suelo, despedazando a los relojes y haciéndose trizas con las manecillas.
Luego de esto, el sol, desesperado, decidió mudarse de residencia. Abandonó para siempre la Vía Láctea.
Rodrigo Ibarra. 20 nov 2004.
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www.geocities.com/rodrigoerandi
